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sábado, 23 de julio de 2011

EMILIA PARDO BAZÁN, LA AUTORA CONTESTATARIA DEL SIGLO XIX





La ensayista, Condesa y escritora Emilia Pardo Bazán, nacida en La Coruña en el siglo XIX (1851-1921) desde muy pequeña tuvo una relación cercana con los libros, y acudía diariamente a la biblioteca del padre, donde se encerraba por horas para adentrarse en las diferentes historias fantásticas de los autores universales. Mujer de carácter, y pese a ostentar titulo nobiliario; fue la que impulsó el Naturalismo en España, y luego de una accidentada separación del marido, inició un fuerte romance con Benito Pérez Galdós. De esa forma, la España de esa época fue testigo de una autora prolífica y contestataria, cosa más prohibida para una mujer de entonces.

A continuación, tenemos un relato corto y espeluznante…la historia de Dorotea. Con una descripción escalofriante, donde la atmósfera cobra gran relevancia visual. Con un ritmo que nos mantiene en vilo, La Resucitada nos enseña que aún en los niveles más pantanosos; tanto el amor como la lealtad, siempre serán importantes “cultos” para los mortales y los no mortales. Y aunque el valor de la esperanza nunca debería de extinguirse, en ciertas ocasiones…es preferible seguir el camino de la resignación…!







CUENTO: LA RESUCITADA

Autora: Emilia Pardo Bazán



Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.

Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce le impedían ver y hablar. Oía, eso sí. Y percibía –como se percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios…, y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.

Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía. ¡Qué bueno es revivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar el amanecer en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena…Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.

Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa en su Capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó…estaba fuera de la iglesia, estaba libre.

Diez pasos hasta su morada…El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. “¿Esta casa es mi casa, en efecto?”, pensó, al secundar al aldabonazo firme…Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:

-¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?

-Abre, Peldavar, por tu vida… ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara!... ¡Abre presto!...

-Váyase enhoramala el borracho… ¡Si salgo, a fe que lo ensarto!...

-Soy doña Dorotea… Abre… ¿No me conoces en el habla?

Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió a través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito…

Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea –ya vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal-, que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto…De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, Doña Clara de once años; don Félix de nueve, ¿no habían llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban… ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la madre… Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.

Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos le huían. Diríjase que el soplo frio de la huesa, al hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando se acercaba a sus labios secos la copa de vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venia de ese país misterioso que los niños sospechan aunque no lo conozcan…Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición…

Por su parte el, esposo –guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla-, no había vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura…En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.

-De donde tú has vuelto no se vuelve…

Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla de Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie…



                                 FIN

domingo, 26 de junio de 2011

COLINAS COMO ELEFANTES BLANCOS




A continuación una pequeña historia que funciona de maravilla aún en el tiempo actual. Porque así son los relatos del maestro Hemingway, que como menester se encargan primero de atraparnos en sus primeras líneas, para luego sobre la marcha intrigarnos, hasta poder llegar a cerrar el “pacto”. Ese pacto implícito y cómplice a la vez que sólo puede existir entre el autor y el lector, que luego de descifrar la trama descansa con esa gran sensación de satisfacción.

El cuento se centra en España, país amado por el norteamericano y se va desarrollando con un creciente ritmo que confirma la sutileza del autor…





                            Colinas como elefantes blancos

                                             (Cuento)

                                       Ernest Hemingway


Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni arboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre los líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid.

-¿Qué tomamos? –preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa.

-Hace calor –dijo el hombre.

- Tomemos cerveza.

- Dos cervezas –dijo el hombre hacia la cortina.

- ¿Grandes? –preguntó una mujer desde el umbral.

- Sí. Dos grandes.

La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco.

-Parecen elefantes blancos –dijo.

-Nunca he visto uno –el hombre bebió su cerveza.

- No, claro que no.

- Nada de claro – dijo el hombre- Bien podría haberlo visto.

La muchacha miró la cortina de cuentas.

-Tiene algo pintado –dijo- ¿Qué dice?

- Anís del Toro. Es una bebida.

- ¿Podríamos probarla?

- Oiga –llamó el hombre a través de la cortina.

La mujer salió del bar.

-Cuatro reales.

- Queremos dos de Anís del Toro.

- ¿Con agua?

- ¿Lo quieres con agua?

- No sé –dijo la muchacha- ¿Sabe bien con agua?

- No sabe mal.

- ¿Los quieren con agua? –preguntó la mujer.

- Sí, con agua.

- Sabe a orozuz –dijo la muchacha y dejó el vaso.

- Así pasa con todo.

- Sí –dijo la muchacha- . Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo.

- Oh, basta ya.

- Tú empezaste –dijo la muchacha- . Yo me divertía. Pasaba un buen rato.

- Bien tratemos de pasar un buen rato.

- De acuerdo. Yo trataba. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente?

- Fue ocurrente.

- Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?

- Supongo.

La muchacha contempló las colinas.

-Son preciosas colinas -dijo- . En realidad no parecen elefantes blancos. Solo me refería al color de su piel entre los árboles.

- ¿Tomamos otro trago?

- De acuerdo.

El viento cálido empujaba contra la mesa la cortina de cuentas.

-La cerveza está buena y fresca –dijo el hombre.

- Es preciosa –dijo la muchacha.

- En realidad se trata de una operación muy sencilla, Jig –dijo el hombre- . En realidad no es una operación.

La muchacha miró el piso donde descansaban las patas de la mesa.

-Yo sé que no te va a afectar, Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire.

La muchacha no dijo nada.

-Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Solo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural.

- ¿Y qué haremos después?

- Estaremos bien después. Igual que como estábamos.

- ¿Qué te hace pensarlo?

- Eso es lo único que nos molesta. Es lo único que nos hace infelices.

La muchacha miró las cortinas de cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas.

-Y piensas que estaremos bien y seremos felices.

- Lo sé. No debes tener miedo. Conozco mucha gente que lo ha hecho.

- Yo también –dijo la muchacha- . Y después todos fueron tan felices.

- Bueno –dijo el hombre- , si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es perfectamente sencillo.

- ¿Y tú de veras quieres?

- Pienso que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres.

- Y si lo hago, ¿serás feliz y las cosas serán como eran y me querrás?

- Te quiero. Tú sabes que te quiero.

- Sí, pero si lo hago, ¿volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos?

- Me encantará. Me encanta, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo.

- Si lo hago, ¿nunca volverás a preocuparte?

- No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo.

- Entonces lo haré. Porque yo no me importo.

- ¿Qué quieres decir?

- Yo no me importo.

- Bueno, pues a mí sí me importas.

- Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico.

- No quiero que lo hagas si te sientes así.

La muchacha se puso en pie y caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el rio entre los árboles.

-Y podríamos tener todo esto –dijo- Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible.

- ¿Qué dijiste?

- Dije que podríamos tenerlo todo.

- Podemos tenerlo todo.

- No, no podemos.

- Podemos tener todo el mundo.

- No, no podemos.

- Podemos ir a dondequiera.

- No, no podemos. Ya no es nuestro.

- Es nuestro.

- No, ya no. Y una vez que te lo quitan, nunca lo recobras.

- Pero no nos los han quitado.

- Ya veremos tarde o temprano.

- Vuelve a la sombra –dijo él- No debes sentirte así.

- No me siento de ningún modo –dijo la muchacha- . Nada más sé cosas.

- No quiero que hagas nada que no quieras hacer…

- Ni que no sea por mi bien –dijo ella- . Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza?

- Bueno. Pero tienes que darte cuenta…

- Me doy cuenta –dijo la muchacha. - ¿No podríamos callarnos un poco?

Se sentaron a la mesa y la muchacha miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa.

-Tienes que darte cuenta –dijo- que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a dar el paso si algo significa para ti.

- ¿No significa nada para ti? Hallaríamos manera.

- Claro que significa. Pero no quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es perfectamente sencillo.

- Sí, sabes que es perfectamente sencillo.

- Está bien que digas eso, pero en verdad lo sé.

- ¿Querrías hacer algo por mi?

- Yo haría cualquier cosa por ti.

- ¿Querrías por favor por favor por favor por favor callarte la boca?

Él no dijo nada y miró las maletas arrimadas a la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado la noche.

-Pero no quiero que lo hagas –dijo-, no me importa en absoluto.

- Voy a gritar -dijo la muchacha.

La mujer salió de la cortina con dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro.

-El tren llega en cinco minutos –dijo.

- ¿Qué dijo? –preguntó la muchacha.

- Que el tren llega en cinco minutos.

La muchacha dirigió a la mujer una vivida sonrisa de agradecimiento.

-Iré llevando las maletas al otro lado de la estación –dijo el hombre. Ella le sonrió.

- De acuerdo. Ven luego a que terminemos la cerveza.

Él recogió las dos pesadas maletas y las llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia pero no vio el tren. De regreso cruzó por el bar, donde la gente en espera del tren se hallaba bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos esperaban razonablemente el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La muchacha estaba sentada y le sonrió.

-¿Te sientes mejor? –preguntó él.

- Me siento muy bien –dijo ella- . No me pasa nada. Me siento muy bien.

                                                                         
                                        FIN