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domingo, 26 de junio de 2011

COLINAS COMO ELEFANTES BLANCOS




A continuación una pequeña historia que funciona de maravilla aún en el tiempo actual. Porque así son los relatos del maestro Hemingway, que como menester se encargan primero de atraparnos en sus primeras líneas, para luego sobre la marcha intrigarnos, hasta poder llegar a cerrar el “pacto”. Ese pacto implícito y cómplice a la vez que sólo puede existir entre el autor y el lector, que luego de descifrar la trama descansa con esa gran sensación de satisfacción.

El cuento se centra en España, país amado por el norteamericano y se va desarrollando con un creciente ritmo que confirma la sutileza del autor…





                            Colinas como elefantes blancos

                                             (Cuento)

                                       Ernest Hemingway


Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni arboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre los líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid.

-¿Qué tomamos? –preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa.

-Hace calor –dijo el hombre.

- Tomemos cerveza.

- Dos cervezas –dijo el hombre hacia la cortina.

- ¿Grandes? –preguntó una mujer desde el umbral.

- Sí. Dos grandes.

La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco.

-Parecen elefantes blancos –dijo.

-Nunca he visto uno –el hombre bebió su cerveza.

- No, claro que no.

- Nada de claro – dijo el hombre- Bien podría haberlo visto.

La muchacha miró la cortina de cuentas.

-Tiene algo pintado –dijo- ¿Qué dice?

- Anís del Toro. Es una bebida.

- ¿Podríamos probarla?

- Oiga –llamó el hombre a través de la cortina.

La mujer salió del bar.

-Cuatro reales.

- Queremos dos de Anís del Toro.

- ¿Con agua?

- ¿Lo quieres con agua?

- No sé –dijo la muchacha- ¿Sabe bien con agua?

- No sabe mal.

- ¿Los quieren con agua? –preguntó la mujer.

- Sí, con agua.

- Sabe a orozuz –dijo la muchacha y dejó el vaso.

- Así pasa con todo.

- Sí –dijo la muchacha- . Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo.

- Oh, basta ya.

- Tú empezaste –dijo la muchacha- . Yo me divertía. Pasaba un buen rato.

- Bien tratemos de pasar un buen rato.

- De acuerdo. Yo trataba. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente?

- Fue ocurrente.

- Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?

- Supongo.

La muchacha contempló las colinas.

-Son preciosas colinas -dijo- . En realidad no parecen elefantes blancos. Solo me refería al color de su piel entre los árboles.

- ¿Tomamos otro trago?

- De acuerdo.

El viento cálido empujaba contra la mesa la cortina de cuentas.

-La cerveza está buena y fresca –dijo el hombre.

- Es preciosa –dijo la muchacha.

- En realidad se trata de una operación muy sencilla, Jig –dijo el hombre- . En realidad no es una operación.

La muchacha miró el piso donde descansaban las patas de la mesa.

-Yo sé que no te va a afectar, Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire.

La muchacha no dijo nada.

-Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Solo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural.

- ¿Y qué haremos después?

- Estaremos bien después. Igual que como estábamos.

- ¿Qué te hace pensarlo?

- Eso es lo único que nos molesta. Es lo único que nos hace infelices.

La muchacha miró las cortinas de cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas.

-Y piensas que estaremos bien y seremos felices.

- Lo sé. No debes tener miedo. Conozco mucha gente que lo ha hecho.

- Yo también –dijo la muchacha- . Y después todos fueron tan felices.

- Bueno –dijo el hombre- , si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es perfectamente sencillo.

- ¿Y tú de veras quieres?

- Pienso que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres.

- Y si lo hago, ¿serás feliz y las cosas serán como eran y me querrás?

- Te quiero. Tú sabes que te quiero.

- Sí, pero si lo hago, ¿volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos?

- Me encantará. Me encanta, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo.

- Si lo hago, ¿nunca volverás a preocuparte?

- No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo.

- Entonces lo haré. Porque yo no me importo.

- ¿Qué quieres decir?

- Yo no me importo.

- Bueno, pues a mí sí me importas.

- Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico.

- No quiero que lo hagas si te sientes así.

La muchacha se puso en pie y caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el rio entre los árboles.

-Y podríamos tener todo esto –dijo- Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible.

- ¿Qué dijiste?

- Dije que podríamos tenerlo todo.

- Podemos tenerlo todo.

- No, no podemos.

- Podemos tener todo el mundo.

- No, no podemos.

- Podemos ir a dondequiera.

- No, no podemos. Ya no es nuestro.

- Es nuestro.

- No, ya no. Y una vez que te lo quitan, nunca lo recobras.

- Pero no nos los han quitado.

- Ya veremos tarde o temprano.

- Vuelve a la sombra –dijo él- No debes sentirte así.

- No me siento de ningún modo –dijo la muchacha- . Nada más sé cosas.

- No quiero que hagas nada que no quieras hacer…

- Ni que no sea por mi bien –dijo ella- . Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza?

- Bueno. Pero tienes que darte cuenta…

- Me doy cuenta –dijo la muchacha. - ¿No podríamos callarnos un poco?

Se sentaron a la mesa y la muchacha miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa.

-Tienes que darte cuenta –dijo- que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a dar el paso si algo significa para ti.

- ¿No significa nada para ti? Hallaríamos manera.

- Claro que significa. Pero no quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es perfectamente sencillo.

- Sí, sabes que es perfectamente sencillo.

- Está bien que digas eso, pero en verdad lo sé.

- ¿Querrías hacer algo por mi?

- Yo haría cualquier cosa por ti.

- ¿Querrías por favor por favor por favor por favor callarte la boca?

Él no dijo nada y miró las maletas arrimadas a la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado la noche.

-Pero no quiero que lo hagas –dijo-, no me importa en absoluto.

- Voy a gritar -dijo la muchacha.

La mujer salió de la cortina con dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro.

-El tren llega en cinco minutos –dijo.

- ¿Qué dijo? –preguntó la muchacha.

- Que el tren llega en cinco minutos.

La muchacha dirigió a la mujer una vivida sonrisa de agradecimiento.

-Iré llevando las maletas al otro lado de la estación –dijo el hombre. Ella le sonrió.

- De acuerdo. Ven luego a que terminemos la cerveza.

Él recogió las dos pesadas maletas y las llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia pero no vio el tren. De regreso cruzó por el bar, donde la gente en espera del tren se hallaba bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos esperaban razonablemente el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La muchacha estaba sentada y le sonrió.

-¿Te sientes mejor? –preguntó él.

- Me siento muy bien –dijo ella- . No me pasa nada. Me siento muy bien.

                                                                         
                                        FIN










martes, 26 de abril de 2011

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y UNA AMISTAD BIZARRA



Me encontré con esta crónica en ciudad seva. El autor portorriqueño narra su inesperado encuentro con Gabriel García Márquez en Cuba, y la verdad que los sucesos narrados se nos demuestran reveladores. Pero, cuando Luis López evoca la anécdota del encuentro en París entre Cortázar y García Márquez; me crea confusión, porque entonces se me vino a la mente ese día primaveral de 1957, en las inmediaciones del bulevar Saint Michel en París. Un joven García Márquez se encontró a lo lejos con Ernest Hemingway, y se dispuso hablarle, pero algo lo impidió. Quizá su implacable timidez sólo le permitió gritarle a voces: “Maeeeestro”, a lo que el curtido autor norteamericano atinó a responder, gritando en idioma castellano con una voz pueril: “Adioooós, amigo”. A partir de allí, el joven periodista colombiano de tan sólo veintiocho años, ya podía morirse tranquilo.



"Crónica de una amistad condenada"

Por Luis López Nieves


A Gabriel García Márquez lo conocí en una librería de Cuba en el 1979. Tan pronto entré por la puerta lo vi al fondo, curioseando en el anaquel de novelas de caballerías. Mi primer impulso fue acercarme a saludarlo, pero en esa época yo no sabía hablar con gente famosa. Además, recordé una anécdota del propio García Márquez: cuando joven observó a Julio Cortázar en un café de París, pero no se atrevió a hablarle. También recordé haber leído que a García Márquez le gustaba Cuba porque caminaba por las calles sin que le pidieran autógrafos ni lo molestaran. Por tanto, observé durante unos minutos el famoso bigote, el pelo rizado, la guayabera... y me di por satisfecho. Me fui a curiosear al anaquel de novelas francesas.

Transcurrió más de una hora. Feliz porque había encontrado novelas de Hugo y Daudet, le pregunté al cajero dónde estaban las novelas egipcias. García Márquez se volteó de pronto y me miró fijamente, sin disimulo.

-¿Autor? -preguntó el cajero.

-¿Tienes la novela ‘El espejismo’, de Mahfuz? -contesté.

Al escucharme por segunda vez, García Márquez, con cuatro novelas de caballerías en las manos, vino hacia mí y me preguntó:

-¿Tu acento es puertorriqueño?

-Sí.

-Ah, qué suerte. ¿Tienes unos minutos?

-Claro -contesté.

-Tu país me apabulla -dijo García Márquez irritado, en voz baja-. ¿Sabes quién soy?

-Por supuesto, ‘Cien años de soledad’ me gustó bastante.

-Gracias -dijo-, pero ése es el problema. Quiero asombrar a los lectores, dejarlos con la boca abierta. ¿Entiendes? He tenido cierto éxito. Los críticos le han puesto nombre a lo que hago: realismo mágico. Pero ustedes me dejan pequeño. Mis libros nunca se venderán en Puerto Rico.

-Se venden bien... -intenté aclarar.

-No, no podrán venderse bien -me interrumpió- porque nada sorprende a un puertorriqueño. Hace unos meses leí una historia de tu país. Decía que en el 1898 ustedes recibieron a los gringos con aplausos y limonadas. Es obvio que los historiadores de Puerto Rico inventaron el realismo mágico mucho antes que yo. Me han invitado a dar conferencias en San Juan, pero ¿cómo puedo asombrar a un público boricua?

-Tal vez puedo ayudarte.

-¿Cómo? Los historiadores se han inventado una mentira insuperable. ¿Qué país recibe con limonadas a un invasor?

-Ahora mismo no se me ocurre nada, pero déjame pensar -dije.

Intercambiamos direcciones y números de teléfonos, nos dimos la mano y nos despedimos. Ese día comenzó una larga amistad.

*****

Cuatro años después, en el 1983, publiqué mi cuento ‘Seva’. Se lo envié a García Márquez con una nota: “Aclarada científicamente la mentira de los historiadores. Ya los puertorriqueños no se creen el cuento de que recibimos a los invasores con limonadas. Puedes venir a dar conferencias”.

García Márquez me llamó por teléfono unos días después. Con voz ansiosa, me dijo que le urgía hablarme en persona. Dos semanas más tarde nos reunimos en Madrid, en la Casa del Libro, frente al anaquel de novelas bizantinas. Nos fuimos a un café de la Gran Vía:

-Gracias, Luis, tu libro me ayudó mucho -dijo García Márquez, nervioso-. Pero he hablado con unos puertorriqueños en Barcelona. Me han contado sobre una alcaldesa de San Juan que compró varios aviones llenos de nieve en Estados Unidos. Luego la tiró sobre los niñitos que esperaban en un parque de San Juan. Lloraron mucho porque el calor derritió la nieve mientras descendía y recibieron un descomunal baño de agua. El parque se convirtió en un lodazal. ¿Es posible esta locura en un país tropical?

-Ocurrió -admití avergonzado.

-Entonces ¿cómo quieres que visite Puerto Rico? El año pasado me dieron el Premio Nobel, ¿lo sabías?

-Por supuesto. Salió en todos los periódicos.

-Ahora esperan más de mí, ¿comprendes? Te agradezco que hayas escrito ese libro para ayudarme, pero ¿cómo puedo superar a esa alcaldesa? En el resto del mundo mis libros asombran, pero en Puerto Rico se burlarían de mí.

Guardé silencio porque García Márquez estaba muy alterado. Le compré un chocolate con churros y cambié el tema. Dos horas después, nos despedimos.

*****

La última vez que me reuní con García Márquez fue en el 2005. Desde México envió su avión privado para recogerme en San Juan. Al otro día tomábamos tequila en un restaurante mexicano.

-Luis -me dijo-, no te escribiré ni te llamaré más. No tendré nada que ver con Puerto Rico. Quise decírtelo en persona.

-¿Por qué? -exclamé adolorido.

-Me siguen llegando invitaciones de tu país. Cada una es una puñalada. Dime la verdad, sin eufemismos: ¿es cierto lo de un tal Rosselló?

-¿A qué te refieres? -pregunté abrumado.

-¿Es cierto que fue gobernador durante ocho años y que transformó el gobierno en una máquina de robar? ¿Es verdad que la mitad de su gabinete está preso, al igual que decenas de ayudantes, amigos y funcionarios de todas las categorías? ¿Es cierto que todos robaban?

-Es cierto -dije en voz muy baja.

-Entonces ¿cómo es que lo postularon nuevamente para gobernador y sólo perdió por dos mil votos? -exclamó alterado.

-No sé qué decirte -bajé la cabeza.

-¡Puerto Rico me desespera, Luis! Me deja impotente. En mi novela ‘El otoño del patriarca’ pensé que había descrito a un dictador excéntrico, narcisista, loco e insuperable... pero este señor me deja pequeñito, me ridiculiza frente a tu país. ¿Es cierto que se ha proclamado El Mesías?

-Es cierto, Gabo, pero en Puerto Rico tenemos varios mesías.

-¿Varios? ¿Varios?

Irritado, con los ojos enrojecidos, García Márquez se puso de pie y golpeó la mesa con el puño.

-Basta! -exclamó-. Te aprecio, Luis, has sido un buen amigo, pero ya no tendré nada que ver con Puerto Rico. Ustedes humillan mi literatura. Desde hoy en adelante tu patria no existe para mí.

El gran escritor se fue sin darme la mano. Nunca volvió a llamarme por teléfono ni a escribirme.

Hoy recuerdo nuestras largas conversaciones sobre literatura francesa y novelas de caballerías con nostalgia dolorosa. A veces tengo la esperanza de que mi famoso ex amigo recapacite y vuelva a llamarme por teléfono o a enviarme su avión privado para reunirnos en Madrid, París, Bogotá o México, como en los buenos tiempos. Pero cada vez que abro un periódico de mi país reconozco la dura realidad de que mi amistad con Gabriel García Márquez nació condenada.