martes, 11 de octubre de 2011

"MEDIANOCHE EN PARÍS" DE WOODY ALLEN -- CRÍTICA





Medianoche en París es la última cinta del neoyorquino Woody Allen. Y a decir verdad, vuelve a la carga, al mostrarnos un magnifico retrato urbano, en el que se entremezclan las nostalgias, los deseos, las ilusiones y las frustraciones personales de seres que simplemente no se sentirán nunca conformes con lo que han podido lograr en un nada apacible, y más bien mundo neurótico que corre a la velocidad de la luz. Y el escenario donde se desarrolla la trama, no ha podido ser más hipnotizador, pues nada menos que Paris, la ciudad luz.

La película empieza con una serie de imágenes de los sitios más emblemáticos de la ciudad francesa acompañados de la infaltable banda sonora muy al estilo jazz, género preferido del director. Y lo curioso es que simultáneamente surge la típica voz en off del supuesto Allen; pero la sorpresa es que la voz viene del actor Owen Wilson que interpreta a Gil, un escritor de guiones para películas americanas, que acompaña a su prometida Inés (Rachel Mc Adams) a Paris a un viaje temporal, que luego resultará una aventura fantástica e idealista, muy al estilo de una novela literaria que nos mantiene atentos con su natural ritmo.

Una vez instalados en la ciudad, Gil e Inés son los invitados de los padres de ésta, para pasarla de cena en cena y de compras durante el día, lo cual no seduce para nada al escritor. Y peor aún cuando coinciden con una pareja de amigos de Inés, en la que el novio, Paul (Michael Sheen) resulta ser un patán de primera, que no deja de alardear sus conocimientos académicos, lo que despertará una extraña atracción en Inés. Pero Gil, luego se dispensará de acompañar al grupo a sus bailes nocturnos, para dedicarse a andar por las noches parisinas para inspirarse en escribir algo que logre satisfacerlo en lo personal, pues desde que llegó a la ciudad, decidió que debería afincarse en ella para impregnarse de su atmósfera mágica y artística, como lo hicieron algunas décadas atrás varios artistas y escritores. Es allí donde da inicio a su mágico tour por el tiempo, y en la medianoche, es recogido de una calle por un viejo coche de la belle époque, en el que podrá alternar con los iconos del arte y la literatura de los años veinte. Personajes como Scott Fitzgerald y su bipolar esposa Zelda, Ernest Hemingway, Henry Matisse, Edgar Degas, Juan Belmonte, Man Ray, Luis Buñuel, Salvador Dalí, Pablo Picasso, Adriana (la ocasional amante de los artistas), Henri de Tolouse-Lautrec, T.S Elliot y la temperamental Gertrude Stein se darán el tiempo suficiente para tertuliar e influir en las próximas decisiones de Gil, llegando incluso hasta el célebre Maxim`s de Paris.

Definitivamente “Medianoche en París” es un tributo a la ciudad luz, y en especial a ese ambiente artístico y bohemio que la caracterizó desde el siglo pasado; pero lo más esencial de esta fábula, es desmitificar que todo tiempo pasado fue mejor, pues el protagonista ha tenido que vivir con propia experiencia su paso por los maravillosos años veinte para reflexionar sobre la insatisfacción del ser humano con su entorno, pues al tenerse algo consigo, simplemente faltará más y siempre más, es como obedece así la complejidad del ser humano, y Allen simplemente ha sabido parodiar una metáfora fascinante e idealista, en la que designa como su alter ego al indeterminado Gil.

El reparto es variopinto, desde la sensual Marion Cotillard (que interpreta a la musa Adriana); hasta la primera dama francesa Carla Bruni, que hace el papel de una encantadora guía turística. Y el final, aunque es algo predecible, no deja de ser romántico, en especial para los admiradores del compositor de Night and Day, el genial Cole Porter.

Y, si como espectadores hemos quedado algo no correspondidos con las dos anteriores cintas del genio neoyorquino, cabe mencionar que en esta ocasión ha sabido reivindicar su muy creativa manufactura de antaño, con planos pausados pero eficaces en la distención, logrando así una placentera fotografía y una soberbia banda sonora.



Ficha Técnica:

- Titulo original: Midnight in Paris.

- Director y guionista: Woody Allen.

- Fotografía: Darius Khondji.

- País: Estados Unidos, España.

- Año: 2011.

- Duración: 100 minutos.

- Genero: Comedia romántica.

- Reparto: Owen Wilson, Rachel Mc Adams, Kurt Fuller, Mimi Kennedy, Marion Cotillard, Michael Sheen, Adrien Brody, Kathy Bates, Alison Pill, Léa Seydoux.


sábado, 1 de octubre de 2011

EN LA ADMINISTRACIÓN DE CORREOS




Anton Chejov (1860-1904), fue el gran precursor del uso del monólogo como técnica, y seguirá siendo considerado el maestro del relato corto. No por algo, autores norteamericanos consagrados como Raymond Carver, Arthur Miller y el propio Tennessee Williams, han sabido verse influenciados por el escritor ruso.

El relato que va a continuación, nos introduce a un mundo convencional e hipócrita; aspectos que Chejov siempre detestó de la sociedad del siglo XIX. Pero al mismo tiempo la ironía y la provocación, han sido empleados con sutiles recursos narrativos, listos para leérnoslo de un tirón y sin dejar de pensar cuál es el mensaje final de estas líneas…



CUENTO
Autor: Anton Chéjov



La joven esposa del viejo administrador de Correos Hattopiertzof acababa de ser inhumada. Después del entierro fuimos, según la antigua costumbre, a celebrar el banquete funerario. Al servirse los buñuelos, el anciano viudo rompió a llorar, y dijo:

--Estos buñuelos son tan hermosos y rollizos como ella.

Todos los comensales estuvieron de acuerdo con esta observación. En realidad era una mujer que valía la pena.

--Sí; cuantos la veían quedaban admirados –accedió el administrador--. Pero yo, amigos míos, no la quería por su hermosura ni tampoco por su bondad; ambas cualidades corresponden a la naturaleza femenina, y son harto frecuentes en este mundo. Yo la quería por otro rasgo de su carácter: la quería --¡Dios la tenga en su gloria!—porque ella, con su carácter vivo y retozón, me guardaba fidelidad. Sí, señores; érame fiel, a pesar de que ella tenía veinte años y yo sesenta. Sí, señores; érame fiel, a mí, el viejo.

El diácono, que figuraba entre los convidados, hizo un gesto de incredulidad.

--¿No lo cree usted?—le preguntó el jefe de Correos.

--No es que no lo crea; pero las esposas jóvenes son ahora demasiado…, entendez vous…? sauce provenzale…

--¿De modo que usted se muestra incrédulo? Ea, le voy a probar la certeza de mi aserto. Ella mantenía su fidelidad por medio de ciertas artes estratégicas o de fortificación, si se puede expresar así, que yo ponía en práctica. Gracias a mi sagacidad y a mi astucia, mi mujer no me podía ser infiel en manera alguna. Yo desplegaba mi astucia para vigilar la castidad de mi lecho matrimonial. Conozco unas frases que son como una hechicería. Con que las pronuncie, basta. Yo podía dormir tranquilo en lo que tocaba a la fidelidad de mi esposa.

¿Cuáles son esas palabras mágicas?

--Muy sencillas, yo divulgaba por el pueblo ciertos rumores. Ustedes mismos los conocen muy bien. Yo decía a todo el mundo: “Mi mujer Alona, sostiene relaciones con el jefe de Policía Zran Alexientch Zalijuatski”. Con esto bastaba.

Nadie se atrevía a cortejar a Alona, por miedo al jefe de Policía. Los pretendientes apenas la veían echaban a correr, por temor de que Zalijuatski no fuera a imaginarse algo. ¡Ja! ¡Ja!...cualquiera iba a enredarse con ese diablo. El polizonte era capaz de anonadarlo, a fuerza de denuncias. Por ejemplo, vería a tu gato vagabundeando y te denunciaría por dejar tus animales errantes…; por ejemplo…

--¡Cómo! ¿Tu mujer no estaba en relaciones con el jefe de Policía? –exclaman todos con asombro.

--era una astucia mía. ¡Ja! ¡Ja!...! Con que habilidad los llamé a engaño!

Transcurrieron algunos momentos sin que nadie turbara el silencio.

Nos callábamos por sentirnos ofendidos al advertir que este viejo gordo y de nariz encarnada, se había mofado de nosotros.

--Espera un poco. Cásate por segunda vez. Yo te aseguro de que no nos volverás a coger--- murmuró alguien.



Fin

lunes, 26 de septiembre de 2011

SOSIEGO




La vida es una quimera…y cual fábula es como la concibo

y entre recodo y recodo me llevó a tus líneas perfectas

a tus ojos consentidores e intensos…a tus cabellos traviesos

que me invitan a la fiesta.

a tu rostro que me sabe a perfecto bálsamo que alivia

mis angustias, mis deseos, mis ganas de perpetuarte

en mis pensamientos.


Así eres tú, bella criatura, que aunque estés tan lejos

aún te siento tan cerca para embriagarme

con tu embelesador aliento.

solo te pido que nunca te vayas…que estés allí.

y aunque en algún momento no pueda reflejarme

en tu mirada, nunca olvides el acelerado palpito

de mi obstinado corazón que pudo acariciar tu mano.


Más, nunca dejaré de estar agradecido con la fábula,

complice y sabia, que hizo que llegue hasta ti

y me ayudó a conocerte.


Mi dulce y temperamental musa

hoy gracias a ti, destilo felicidades por donde ando…

y te espero en mi sendero secreto y mágico, que siempre aguardará

nuestro encuentro…!

domingo, 4 de septiembre de 2011

FINAL DE AMORES







Los rayos solares no cejan de acariciarme


y la arena, lejos de volverse una gran montaña se allana


Las sirenas desde lejos me aclaman


Mientras, recuerdo esas travesías azules


en cuyas noches sucumbía.


Vuelvo en sí, y estoy a punto de ceder


ante el horizonte paciente


Me resisto y espero


Y reabro nuestro baúl de copas, pasiones y desdichas


El tiempo impaciente expira, y el profundo azul me llama


Entonces una vez más me vuelvo hacia el mundo


Y no estás allí…aún no llegas


Y mis alas se quiebran al saber que quizá nunca lo hiciste


y no espero más encontrarte


El calor que me alimenta, va borrando tu nombre


y me apresuro a entrar…


Los hipocampos me ayudan y el Merlín me desliza,


He encontrado mi edén, azul, transparente y tumultuoso.






viernes, 26 de agosto de 2011

JOHN MALKOVICH EN PUESTA LÍRICA TEATRAL EN LIMA


Visconde de Valmont



Recuerdo la manera tan descarnada de asesinar de este extraño personaje. Le dio un tiro entre ceja y ceja, al joven policía compañero del veterano Frank Corrigan, quién luego tendría con él una cuenta pendiente, para evitar el próximo asesinato del presidente.

Hablamos de la cinta “In the line of fire” En la línea del fuego (1993), en la que John Malkovich, encarnó a Mitch Leary, un psicópata que lidió una batalla personal con el personaje de guardaespaldas del servicio secreto, encarnado por el duro Clint Eastwood.

Pero esas dotes de seductor, propias de un amante que representaba a la Francia decadente del siglo XVIII, las mostró con absoluta sutileza, e impecable actuación, en la cinta “Dangerous Liaisions” (Relaciones Peligrosas) 1988. En la que Malkovich hizo el papel del inescrupuloso Visconde de Valmont, enredándose en intrigas sexuales y políticas.

Y aunque la lista sería muy extensa para reseñar los trabajos de este actor norteamericano de 57 años. Luego vinieron cintas como: El imperio del Sol de Steven Spielberg, El Retrato de una dama; ¿Quieres ser John Malkovich?, el amigo americano-El juego de Ripley; y Klimt, entre otras manufacturas bien logradas.

El caso, es que ahora John Malkovich visitará nuestro país y no precisamente para vacacionar en el Valle sagrado, o en las ruinas cuzqueñas como lo han venido haciendo los últimos años muchas luminarias del cine, sino más bien para interpretar a un asesino en la puesta lírica teatral “Comedia infernal: confesiones de un asesino en serie”. Allí nos cuenta la historia de Jack Unterwerger, un escritor austriaco y asesino de prostitutas que en prisión, se hizo célebre por sus cuentos narrativos, recibiendo luego la redención, para salir en libertad.

Como dijimos, es una puesta lírica teatral, porque estará acompañado de las reconocidas exponentes de la ópera, las sopranos: Bernarda Bobro, Aleksandra Zamojska, Laura Aikin y Kristen Blaise, además de la orquesta barroca: Orchester Wiener Akademie de Austria.

Sin duda que seremos testigos de un evento cultural sin precedentes, pues a Malkovich no se lo ve así nomas todas las temporadas, ya que las salas de Broadway acaparan sus actuaciones.

La cita: no sabemos por qué; pero será en el Cuartel General del Ejército (Pentagonito), únicamente los días 27 y 28 de octubre. y los tickets se venderán desde el 1 de setiembre en Tu Entrada.





sábado, 23 de julio de 2011

EMILIA PARDO BAZÁN, LA AUTORA CONTESTATARIA DEL SIGLO XIX





La ensayista, Condesa y escritora Emilia Pardo Bazán, nacida en La Coruña en el siglo XIX (1851-1921) desde muy pequeña tuvo una relación cercana con los libros, y acudía diariamente a la biblioteca del padre, donde se encerraba por horas para adentrarse en las diferentes historias fantásticas de los autores universales. Mujer de carácter, y pese a ostentar titulo nobiliario; fue la que impulsó el Naturalismo en España, y luego de una accidentada separación del marido, inició un fuerte romance con Benito Pérez Galdós. De esa forma, la España de esa época fue testigo de una autora prolífica y contestataria, cosa más prohibida para una mujer de entonces.

A continuación, tenemos un relato corto y espeluznante…la historia de Dorotea. Con una descripción escalofriante, donde la atmósfera cobra gran relevancia visual. Con un ritmo que nos mantiene en vilo, La Resucitada nos enseña que aún en los niveles más pantanosos; tanto el amor como la lealtad, siempre serán importantes “cultos” para los mortales y los no mortales. Y aunque el valor de la esperanza nunca debería de extinguirse, en ciertas ocasiones…es preferible seguir el camino de la resignación…!







CUENTO: LA RESUCITADA

Autora: Emilia Pardo Bazán



Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.

Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce le impedían ver y hablar. Oía, eso sí. Y percibía –como se percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios…, y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.

Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía. ¡Qué bueno es revivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar el amanecer en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena…Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.

Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa en su Capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó…estaba fuera de la iglesia, estaba libre.

Diez pasos hasta su morada…El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. “¿Esta casa es mi casa, en efecto?”, pensó, al secundar al aldabonazo firme…Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:

-¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?

-Abre, Peldavar, por tu vida… ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara!... ¡Abre presto!...

-Váyase enhoramala el borracho… ¡Si salgo, a fe que lo ensarto!...

-Soy doña Dorotea… Abre… ¿No me conoces en el habla?

Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió a través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito…

Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea –ya vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal-, que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto…De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, Doña Clara de once años; don Félix de nueve, ¿no habían llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban… ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la madre… Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.

Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos le huían. Diríjase que el soplo frio de la huesa, al hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando se acercaba a sus labios secos la copa de vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venia de ese país misterioso que los niños sospechan aunque no lo conozcan…Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición…

Por su parte el, esposo –guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla-, no había vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura…En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.

-De donde tú has vuelto no se vuelve…

Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla de Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie…



                                 FIN

domingo, 26 de junio de 2011

COLINAS COMO ELEFANTES BLANCOS




A continuación una pequeña historia que funciona de maravilla aún en el tiempo actual. Porque así son los relatos del maestro Hemingway, que como menester se encargan primero de atraparnos en sus primeras líneas, para luego sobre la marcha intrigarnos, hasta poder llegar a cerrar el “pacto”. Ese pacto implícito y cómplice a la vez que sólo puede existir entre el autor y el lector, que luego de descifrar la trama descansa con esa gran sensación de satisfacción.

El cuento se centra en España, país amado por el norteamericano y se va desarrollando con un creciente ritmo que confirma la sutileza del autor…





                            Colinas como elefantes blancos

                                             (Cuento)

                                       Ernest Hemingway


Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni arboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre los líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid.

-¿Qué tomamos? –preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa.

-Hace calor –dijo el hombre.

- Tomemos cerveza.

- Dos cervezas –dijo el hombre hacia la cortina.

- ¿Grandes? –preguntó una mujer desde el umbral.

- Sí. Dos grandes.

La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco.

-Parecen elefantes blancos –dijo.

-Nunca he visto uno –el hombre bebió su cerveza.

- No, claro que no.

- Nada de claro – dijo el hombre- Bien podría haberlo visto.

La muchacha miró la cortina de cuentas.

-Tiene algo pintado –dijo- ¿Qué dice?

- Anís del Toro. Es una bebida.

- ¿Podríamos probarla?

- Oiga –llamó el hombre a través de la cortina.

La mujer salió del bar.

-Cuatro reales.

- Queremos dos de Anís del Toro.

- ¿Con agua?

- ¿Lo quieres con agua?

- No sé –dijo la muchacha- ¿Sabe bien con agua?

- No sabe mal.

- ¿Los quieren con agua? –preguntó la mujer.

- Sí, con agua.

- Sabe a orozuz –dijo la muchacha y dejó el vaso.

- Así pasa con todo.

- Sí –dijo la muchacha- . Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo.

- Oh, basta ya.

- Tú empezaste –dijo la muchacha- . Yo me divertía. Pasaba un buen rato.

- Bien tratemos de pasar un buen rato.

- De acuerdo. Yo trataba. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente?

- Fue ocurrente.

- Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?

- Supongo.

La muchacha contempló las colinas.

-Son preciosas colinas -dijo- . En realidad no parecen elefantes blancos. Solo me refería al color de su piel entre los árboles.

- ¿Tomamos otro trago?

- De acuerdo.

El viento cálido empujaba contra la mesa la cortina de cuentas.

-La cerveza está buena y fresca –dijo el hombre.

- Es preciosa –dijo la muchacha.

- En realidad se trata de una operación muy sencilla, Jig –dijo el hombre- . En realidad no es una operación.

La muchacha miró el piso donde descansaban las patas de la mesa.

-Yo sé que no te va a afectar, Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire.

La muchacha no dijo nada.

-Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Solo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural.

- ¿Y qué haremos después?

- Estaremos bien después. Igual que como estábamos.

- ¿Qué te hace pensarlo?

- Eso es lo único que nos molesta. Es lo único que nos hace infelices.

La muchacha miró las cortinas de cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas.

-Y piensas que estaremos bien y seremos felices.

- Lo sé. No debes tener miedo. Conozco mucha gente que lo ha hecho.

- Yo también –dijo la muchacha- . Y después todos fueron tan felices.

- Bueno –dijo el hombre- , si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es perfectamente sencillo.

- ¿Y tú de veras quieres?

- Pienso que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres.

- Y si lo hago, ¿serás feliz y las cosas serán como eran y me querrás?

- Te quiero. Tú sabes que te quiero.

- Sí, pero si lo hago, ¿volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos?

- Me encantará. Me encanta, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo.

- Si lo hago, ¿nunca volverás a preocuparte?

- No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo.

- Entonces lo haré. Porque yo no me importo.

- ¿Qué quieres decir?

- Yo no me importo.

- Bueno, pues a mí sí me importas.

- Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico.

- No quiero que lo hagas si te sientes así.

La muchacha se puso en pie y caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el rio entre los árboles.

-Y podríamos tener todo esto –dijo- Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible.

- ¿Qué dijiste?

- Dije que podríamos tenerlo todo.

- Podemos tenerlo todo.

- No, no podemos.

- Podemos tener todo el mundo.

- No, no podemos.

- Podemos ir a dondequiera.

- No, no podemos. Ya no es nuestro.

- Es nuestro.

- No, ya no. Y una vez que te lo quitan, nunca lo recobras.

- Pero no nos los han quitado.

- Ya veremos tarde o temprano.

- Vuelve a la sombra –dijo él- No debes sentirte así.

- No me siento de ningún modo –dijo la muchacha- . Nada más sé cosas.

- No quiero que hagas nada que no quieras hacer…

- Ni que no sea por mi bien –dijo ella- . Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza?

- Bueno. Pero tienes que darte cuenta…

- Me doy cuenta –dijo la muchacha. - ¿No podríamos callarnos un poco?

Se sentaron a la mesa y la muchacha miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa.

-Tienes que darte cuenta –dijo- que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a dar el paso si algo significa para ti.

- ¿No significa nada para ti? Hallaríamos manera.

- Claro que significa. Pero no quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es perfectamente sencillo.

- Sí, sabes que es perfectamente sencillo.

- Está bien que digas eso, pero en verdad lo sé.

- ¿Querrías hacer algo por mi?

- Yo haría cualquier cosa por ti.

- ¿Querrías por favor por favor por favor por favor callarte la boca?

Él no dijo nada y miró las maletas arrimadas a la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado la noche.

-Pero no quiero que lo hagas –dijo-, no me importa en absoluto.

- Voy a gritar -dijo la muchacha.

La mujer salió de la cortina con dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro.

-El tren llega en cinco minutos –dijo.

- ¿Qué dijo? –preguntó la muchacha.

- Que el tren llega en cinco minutos.

La muchacha dirigió a la mujer una vivida sonrisa de agradecimiento.

-Iré llevando las maletas al otro lado de la estación –dijo el hombre. Ella le sonrió.

- De acuerdo. Ven luego a que terminemos la cerveza.

Él recogió las dos pesadas maletas y las llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia pero no vio el tren. De regreso cruzó por el bar, donde la gente en espera del tren se hallaba bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos esperaban razonablemente el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La muchacha estaba sentada y le sonrió.

-¿Te sientes mejor? –preguntó él.

- Me siento muy bien –dijo ella- . No me pasa nada. Me siento muy bien.

                                                                         
                                        FIN