domingo, 4 de septiembre de 2011

FINAL DE AMORES







Los rayos solares no cejan de acariciarme


y la arena, lejos de volverse una gran montaña se allana


Las sirenas desde lejos me aclaman


Mientras, recuerdo esas travesías azules


en cuyas noches sucumbía.


Vuelvo en sí, y estoy a punto de ceder


ante el horizonte paciente


Me resisto y espero


Y reabro nuestro baúl de copas, pasiones y desdichas


El tiempo impaciente expira, y el profundo azul me llama


Entonces una vez más me vuelvo hacia el mundo


Y no estás allí…aún no llegas


Y mis alas se quiebran al saber que quizá nunca lo hiciste


y no espero más encontrarte


El calor que me alimenta, va borrando tu nombre


y me apresuro a entrar…


Los hipocampos me ayudan y el Merlín me desliza,


He encontrado mi edén, azul, transparente y tumultuoso.






viernes, 26 de agosto de 2011

JOHN MALKOVICH EN PUESTA LÍRICA TEATRAL EN LIMA


Visconde de Valmont



Recuerdo la manera tan descarnada de asesinar de este extraño personaje. Le dio un tiro entre ceja y ceja, al joven policía compañero del veterano Frank Corrigan, quién luego tendría con él una cuenta pendiente, para evitar el próximo asesinato del presidente.

Hablamos de la cinta “In the line of fire” En la línea del fuego (1993), en la que John Malkovich, encarnó a Mitch Leary, un psicópata que lidió una batalla personal con el personaje de guardaespaldas del servicio secreto, encarnado por el duro Clint Eastwood.

Pero esas dotes de seductor, propias de un amante que representaba a la Francia decadente del siglo XVIII, las mostró con absoluta sutileza, e impecable actuación, en la cinta “Dangerous Liaisions” (Relaciones Peligrosas) 1988. En la que Malkovich hizo el papel del inescrupuloso Visconde de Valmont, enredándose en intrigas sexuales y políticas.

Y aunque la lista sería muy extensa para reseñar los trabajos de este actor norteamericano de 57 años. Luego vinieron cintas como: El imperio del Sol de Steven Spielberg, El Retrato de una dama; ¿Quieres ser John Malkovich?, el amigo americano-El juego de Ripley; y Klimt, entre otras manufacturas bien logradas.

El caso, es que ahora John Malkovich visitará nuestro país y no precisamente para vacacionar en el Valle sagrado, o en las ruinas cuzqueñas como lo han venido haciendo los últimos años muchas luminarias del cine, sino más bien para interpretar a un asesino en la puesta lírica teatral “Comedia infernal: confesiones de un asesino en serie”. Allí nos cuenta la historia de Jack Unterwerger, un escritor austriaco y asesino de prostitutas que en prisión, se hizo célebre por sus cuentos narrativos, recibiendo luego la redención, para salir en libertad.

Como dijimos, es una puesta lírica teatral, porque estará acompañado de las reconocidas exponentes de la ópera, las sopranos: Bernarda Bobro, Aleksandra Zamojska, Laura Aikin y Kristen Blaise, además de la orquesta barroca: Orchester Wiener Akademie de Austria.

Sin duda que seremos testigos de un evento cultural sin precedentes, pues a Malkovich no se lo ve así nomas todas las temporadas, ya que las salas de Broadway acaparan sus actuaciones.

La cita: no sabemos por qué; pero será en el Cuartel General del Ejército (Pentagonito), únicamente los días 27 y 28 de octubre. y los tickets se venderán desde el 1 de setiembre en Tu Entrada.





sábado, 23 de julio de 2011

EMILIA PARDO BAZÁN, LA AUTORA CONTESTATARIA DEL SIGLO XIX





La ensayista, Condesa y escritora Emilia Pardo Bazán, nacida en La Coruña en el siglo XIX (1851-1921) desde muy pequeña tuvo una relación cercana con los libros, y acudía diariamente a la biblioteca del padre, donde se encerraba por horas para adentrarse en las diferentes historias fantásticas de los autores universales. Mujer de carácter, y pese a ostentar titulo nobiliario; fue la que impulsó el Naturalismo en España, y luego de una accidentada separación del marido, inició un fuerte romance con Benito Pérez Galdós. De esa forma, la España de esa época fue testigo de una autora prolífica y contestataria, cosa más prohibida para una mujer de entonces.

A continuación, tenemos un relato corto y espeluznante…la historia de Dorotea. Con una descripción escalofriante, donde la atmósfera cobra gran relevancia visual. Con un ritmo que nos mantiene en vilo, La Resucitada nos enseña que aún en los niveles más pantanosos; tanto el amor como la lealtad, siempre serán importantes “cultos” para los mortales y los no mortales. Y aunque el valor de la esperanza nunca debería de extinguirse, en ciertas ocasiones…es preferible seguir el camino de la resignación…!







CUENTO: LA RESUCITADA

Autora: Emilia Pardo Bazán



Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.

Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce le impedían ver y hablar. Oía, eso sí. Y percibía –como se percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios…, y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.

Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía. ¡Qué bueno es revivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar el amanecer en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena…Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.

Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa en su Capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó…estaba fuera de la iglesia, estaba libre.

Diez pasos hasta su morada…El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. “¿Esta casa es mi casa, en efecto?”, pensó, al secundar al aldabonazo firme…Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:

-¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?

-Abre, Peldavar, por tu vida… ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara!... ¡Abre presto!...

-Váyase enhoramala el borracho… ¡Si salgo, a fe que lo ensarto!...

-Soy doña Dorotea… Abre… ¿No me conoces en el habla?

Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió a través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito…

Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea –ya vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal-, que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto…De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, Doña Clara de once años; don Félix de nueve, ¿no habían llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban… ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la madre… Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.

Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos le huían. Diríjase que el soplo frio de la huesa, al hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando se acercaba a sus labios secos la copa de vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venia de ese país misterioso que los niños sospechan aunque no lo conozcan…Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición…

Por su parte el, esposo –guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla-, no había vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura…En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.

-De donde tú has vuelto no se vuelve…

Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla de Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie…



                                 FIN

domingo, 26 de junio de 2011

COLINAS COMO ELEFANTES BLANCOS




A continuación una pequeña historia que funciona de maravilla aún en el tiempo actual. Porque así son los relatos del maestro Hemingway, que como menester se encargan primero de atraparnos en sus primeras líneas, para luego sobre la marcha intrigarnos, hasta poder llegar a cerrar el “pacto”. Ese pacto implícito y cómplice a la vez que sólo puede existir entre el autor y el lector, que luego de descifrar la trama descansa con esa gran sensación de satisfacción.

El cuento se centra en España, país amado por el norteamericano y se va desarrollando con un creciente ritmo que confirma la sutileza del autor…





                            Colinas como elefantes blancos

                                             (Cuento)

                                       Ernest Hemingway


Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni arboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre los líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid.

-¿Qué tomamos? –preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa.

-Hace calor –dijo el hombre.

- Tomemos cerveza.

- Dos cervezas –dijo el hombre hacia la cortina.

- ¿Grandes? –preguntó una mujer desde el umbral.

- Sí. Dos grandes.

La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco.

-Parecen elefantes blancos –dijo.

-Nunca he visto uno –el hombre bebió su cerveza.

- No, claro que no.

- Nada de claro – dijo el hombre- Bien podría haberlo visto.

La muchacha miró la cortina de cuentas.

-Tiene algo pintado –dijo- ¿Qué dice?

- Anís del Toro. Es una bebida.

- ¿Podríamos probarla?

- Oiga –llamó el hombre a través de la cortina.

La mujer salió del bar.

-Cuatro reales.

- Queremos dos de Anís del Toro.

- ¿Con agua?

- ¿Lo quieres con agua?

- No sé –dijo la muchacha- ¿Sabe bien con agua?

- No sabe mal.

- ¿Los quieren con agua? –preguntó la mujer.

- Sí, con agua.

- Sabe a orozuz –dijo la muchacha y dejó el vaso.

- Así pasa con todo.

- Sí –dijo la muchacha- . Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo.

- Oh, basta ya.

- Tú empezaste –dijo la muchacha- . Yo me divertía. Pasaba un buen rato.

- Bien tratemos de pasar un buen rato.

- De acuerdo. Yo trataba. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente?

- Fue ocurrente.

- Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?

- Supongo.

La muchacha contempló las colinas.

-Son preciosas colinas -dijo- . En realidad no parecen elefantes blancos. Solo me refería al color de su piel entre los árboles.

- ¿Tomamos otro trago?

- De acuerdo.

El viento cálido empujaba contra la mesa la cortina de cuentas.

-La cerveza está buena y fresca –dijo el hombre.

- Es preciosa –dijo la muchacha.

- En realidad se trata de una operación muy sencilla, Jig –dijo el hombre- . En realidad no es una operación.

La muchacha miró el piso donde descansaban las patas de la mesa.

-Yo sé que no te va a afectar, Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire.

La muchacha no dijo nada.

-Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Solo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural.

- ¿Y qué haremos después?

- Estaremos bien después. Igual que como estábamos.

- ¿Qué te hace pensarlo?

- Eso es lo único que nos molesta. Es lo único que nos hace infelices.

La muchacha miró las cortinas de cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas.

-Y piensas que estaremos bien y seremos felices.

- Lo sé. No debes tener miedo. Conozco mucha gente que lo ha hecho.

- Yo también –dijo la muchacha- . Y después todos fueron tan felices.

- Bueno –dijo el hombre- , si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es perfectamente sencillo.

- ¿Y tú de veras quieres?

- Pienso que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres.

- Y si lo hago, ¿serás feliz y las cosas serán como eran y me querrás?

- Te quiero. Tú sabes que te quiero.

- Sí, pero si lo hago, ¿volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos?

- Me encantará. Me encanta, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo.

- Si lo hago, ¿nunca volverás a preocuparte?

- No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo.

- Entonces lo haré. Porque yo no me importo.

- ¿Qué quieres decir?

- Yo no me importo.

- Bueno, pues a mí sí me importas.

- Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico.

- No quiero que lo hagas si te sientes así.

La muchacha se puso en pie y caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el rio entre los árboles.

-Y podríamos tener todo esto –dijo- Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible.

- ¿Qué dijiste?

- Dije que podríamos tenerlo todo.

- Podemos tenerlo todo.

- No, no podemos.

- Podemos tener todo el mundo.

- No, no podemos.

- Podemos ir a dondequiera.

- No, no podemos. Ya no es nuestro.

- Es nuestro.

- No, ya no. Y una vez que te lo quitan, nunca lo recobras.

- Pero no nos los han quitado.

- Ya veremos tarde o temprano.

- Vuelve a la sombra –dijo él- No debes sentirte así.

- No me siento de ningún modo –dijo la muchacha- . Nada más sé cosas.

- No quiero que hagas nada que no quieras hacer…

- Ni que no sea por mi bien –dijo ella- . Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza?

- Bueno. Pero tienes que darte cuenta…

- Me doy cuenta –dijo la muchacha. - ¿No podríamos callarnos un poco?

Se sentaron a la mesa y la muchacha miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa.

-Tienes que darte cuenta –dijo- que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a dar el paso si algo significa para ti.

- ¿No significa nada para ti? Hallaríamos manera.

- Claro que significa. Pero no quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es perfectamente sencillo.

- Sí, sabes que es perfectamente sencillo.

- Está bien que digas eso, pero en verdad lo sé.

- ¿Querrías hacer algo por mi?

- Yo haría cualquier cosa por ti.

- ¿Querrías por favor por favor por favor por favor callarte la boca?

Él no dijo nada y miró las maletas arrimadas a la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado la noche.

-Pero no quiero que lo hagas –dijo-, no me importa en absoluto.

- Voy a gritar -dijo la muchacha.

La mujer salió de la cortina con dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro.

-El tren llega en cinco minutos –dijo.

- ¿Qué dijo? –preguntó la muchacha.

- Que el tren llega en cinco minutos.

La muchacha dirigió a la mujer una vivida sonrisa de agradecimiento.

-Iré llevando las maletas al otro lado de la estación –dijo el hombre. Ella le sonrió.

- De acuerdo. Ven luego a que terminemos la cerveza.

Él recogió las dos pesadas maletas y las llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia pero no vio el tren. De regreso cruzó por el bar, donde la gente en espera del tren se hallaba bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos esperaban razonablemente el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La muchacha estaba sentada y le sonrió.

-¿Te sientes mejor? –preguntó él.

- Me siento muy bien –dijo ella- . No me pasa nada. Me siento muy bien.

                                                                         
                                        FIN










viernes, 13 de mayo de 2011

YA ERA HORA QUE EXISTA UNA MARCA PERÚ






Acabo de ver el video del documental Marca Perú, y he quedado impresionado por la forma en que a nuestro país se lo eleva hasta las cumbres de lo mejor que pueda haber en el resto del planeta. Es un documental tan integrador y tan inclusivo, que se encarga hasta la saciedad, de publicitar las maravillas de las que goza el Perú, con la idea de designar a sus “embajadores” entre ellos: surfistas, cantantes folklóricas, cocineros nacionales, entre otros, para que viajen por los rincones del mundo a otorgar “derechos adquiridos”. Como lo son, el goce de los recursos, productos, y cultura peruana.

Enhorabuena que se hagan estas campañas para difundir en el exterior las grandezas de nuestro país. Y una felicitación al Mincetur y a PromPerú por la valiosa iniciativa que ya empieza a dar sus frutos. Porque así es nuestro Perú. Un país tan grande que fue rico en todo, desde épocas milenarias.

No hace mucho, tuve la oportunidad de estudiar el tema de Caral, una gran civilización milenaria, por cierto la más antigua de América.

Caral se desarrolló en el valle de Supe, hace aproximadamente 5000 años.

Allí desarrollaron un sistema organizacional, social y comercial realmente envidiable. Un sistema que quizá en la actualidad sea solo exclusividad de los países del primer mundo. Por ello, y por muchas otras razones, me siento realmente orgulloso de haber nacido en ésta tierra bendita, que ofrece muchas cosas maravillosas, como su prodigioso clima, sus regiones, su gente, sus laureados deportistas, sus literatos, pues ya tenemos un premio Nobel. Y qué decir de sus científicos, que hoy se encuentran desperdigados por todo el mundo aportando teorías nuevas a la ciencia, y en especial, nuestra alta y variada gastronomía que hoy seduce a los mejores paladares del planeta.

Si bien, es innegable que tenemos grandes recursos naturales, grandes potencialidades en recursos humanos, y sobre todo una excelente geografía. ¿Por qué ostentamos el titulo de ser un país “emergente” y/o “en vías de desarrollo”? ¿Acaso no tenemos las mismas oportunidades y condiciones naturales que los jaladitos (nipones) que están en el otro lado del mundo, o que los arios, que se creían la raza superior en los años 40, o los anglo-sajones?

Por eso creo que es el momento de despegar, y no hay tardanza para ello. Pero hagámoslo ya. Recuerdo que hace algunas décadas, un presidente norteamericano que fue atentado en Dallas, en uno de sus discursos públicos anteriores, mencionó a sus electores “No esperen ni pregunten qué puedo hacer yo por ustedes, sino mas bien pregúntense ustedes mismos, ¿qué puedo hacer yo por mi Nación?” Esa frase realmente me marcó, y me pareció tanto como sensata, alentadora. Pero tampoco quiero caer en un idealismo ingenuo, que no es compatible con nuestra cruda realidad social. Por eso, en nuestro país es hora que los poderes del Estado, se pongan la camiseta de la transparencia y del compromiso hacia sus gobernados. Que siquiera, tengan un ápice de instinto de batalla contra la impunidad y la corrupción; que hoy es bien sabido y demostrado que provenía de las altas esferas, y desafortunadamente contamina y contagia a los sectores más bajos, pero no debemos contaminarnos con éste cáncer que en muchos casos ataca a los más privilegiados, a los más instruidos, a los más versados, que a sabiendas, simplemente cruzan la línea, sin tener lugar para el retorno.

No es novedad para nadie que en nuestra sociedad peruana, los graves problemas son: La educación, la pobreza, la exclusión social; y sobre todo la violencia. Por ejemplo: en los medios de comunicación como el internet, la televisión, y la prensa escrita; también tenemos la violencia en las calles, como el pandillaje, y peor aún, los secuestros.

Por eso, es necesario implementar y reformar los programas educativos, por un lado, un plan nacional de seguridad; y los programas sociales, que son importantísimos para que la población se sienta motivada

Finalmente, sigo sosteniendo que El Perú, mi Perú, y el Perú de todos, es un país maravilloso, y no lo abandonaría por nada de éste mundo, aunque hoy nos encontremos frente a un dilema electoral que ha desmotivado a gran parte de la sociedad civil. Pero toda turbulencia o tempestad termina siempre por acabar.

No dudemos más en difundir la grandeza de nuestra tierra, con campañas como la Marca Perú y también con nuestros logros personales que sigan dejando al Perú “arriba siempre arriba; hasta las estrellas”, como lo hubiera querido el inmortal Jorge Chávez Dartnell.











miércoles, 4 de mayo de 2011

EL PALAIS CONCERT CORRE EL RIESGO DE SER CONVERTIDO EN TIENDAS RIPLEY





El Perú es Lima, Lima es el jirón de la Unión, El jirón de la Unión es el Palais Concert; y el Palais Concert soy yo...fue la frase más célebre que se le adjudicó al escritor Abraham Valdelomar al referirse a ésta antigua confitería-café que funcionó desde el 29 de febrero de 1913, y que se caracterizó por un estilo afrancesado, muy "Art noveau" y "Liberty" italiano para la época y que fue el gran punto de encuentro de la clase intelectual limeña. Personajes como Valdelomar, César Vallejo, José Carlos Mariátegui, Percy Gibson, entre otros; se encargaron de consolidar el prestigio del bar, con sus interesantes tertulias literarias. Pues fue allí, donde nació el grupo "Colónida", iconoclasta por antonomasia y liderado por el inefable "Conde de Lemos", así firmaba Abraham Valdelomar sus artículos en La Prensa.

Dios salve a los que, por más que se encuentren en distintas vidas y dimensiones, llegaron a apreciar ese ambiente mágico y elegante. A los que pudieron escuchar esa fascinante música de cámara interpretada desde lo alto de sus balcones enchapados en pan de oro, por bellas señoritas vienesas. A los que degustaron esas famosas tartaletas de pecanas y los primeros helados de la cuidad, al igual que los exquisitos y aromáticos cafés de máquina. A los que expectaron los primeros cortos de cine mudo y las primeras puestas de teatro de variedades. Así era el famoso Palais Concert.

Pero todo ello desapareció; y solo quedó en el recuerdo de los que aún apostamos por la historia, por el arte, la cultura y la sensualidad. Esa misma que nos estimula para apreciar lo bello y lo artístico, y que nos hace más sensibles e idealistas para poder ver el mundo desde otra perspectiva más sublime y optimista.

Pues, desde hace una década el Palais terminó en manos de comerciantes que lo reabrieron para ofrecer días y noches de discotecas chicha-reggae de mala muerte. Cuyos nombres "Cerebro" y "700" hacen rememorar a esos asiduos borrachos e incultos que terminaron por cansarse de sus instalaciones para sumergirse quizá en otras tradicionales y malolientes cantinas. Lo cual influyó para su cierre definitivo.

Pero lo más insólito está sucediendo a vista de todos los limeños. La empresa chilena Ripley, a horas de la madrugada, se encuentra demoliendo por ahora sus interiores para poder reabrir las instalaciones para una tienda por departamentos. Sin licencias, ni permisos.

Donde están el Ministerio de Cultura y la alcaldesa Villarán, para impedir la destrucción de un importante patrimonio histórico y arquitectónico como lo es el Palais, pues si muchos no lo saben, fue construido por el notable arquitecto Gustave Eiffel.



La Casa Barragán, nombre puesto por los verdaderos propietarios del predio, lugar de sede del antiguo Palais Concert, es actualmente reconocida por el INC, hoy manejado por el Ministerio de Cultura, como Patrimonio Cultural Inmueble Republicano, según R.S. Nª 2900 con fecha 23/01/1973.



¿Qué pensaría Valdelomar si regresara de la eternidad?

martes, 26 de abril de 2011

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y UNA AMISTAD BIZARRA



Me encontré con esta crónica en ciudad seva. El autor portorriqueño narra su inesperado encuentro con Gabriel García Márquez en Cuba, y la verdad que los sucesos narrados se nos demuestran reveladores. Pero, cuando Luis López evoca la anécdota del encuentro en París entre Cortázar y García Márquez; me crea confusión, porque entonces se me vino a la mente ese día primaveral de 1957, en las inmediaciones del bulevar Saint Michel en París. Un joven García Márquez se encontró a lo lejos con Ernest Hemingway, y se dispuso hablarle, pero algo lo impidió. Quizá su implacable timidez sólo le permitió gritarle a voces: “Maeeeestro”, a lo que el curtido autor norteamericano atinó a responder, gritando en idioma castellano con una voz pueril: “Adioooós, amigo”. A partir de allí, el joven periodista colombiano de tan sólo veintiocho años, ya podía morirse tranquilo.



"Crónica de una amistad condenada"

Por Luis López Nieves


A Gabriel García Márquez lo conocí en una librería de Cuba en el 1979. Tan pronto entré por la puerta lo vi al fondo, curioseando en el anaquel de novelas de caballerías. Mi primer impulso fue acercarme a saludarlo, pero en esa época yo no sabía hablar con gente famosa. Además, recordé una anécdota del propio García Márquez: cuando joven observó a Julio Cortázar en un café de París, pero no se atrevió a hablarle. También recordé haber leído que a García Márquez le gustaba Cuba porque caminaba por las calles sin que le pidieran autógrafos ni lo molestaran. Por tanto, observé durante unos minutos el famoso bigote, el pelo rizado, la guayabera... y me di por satisfecho. Me fui a curiosear al anaquel de novelas francesas.

Transcurrió más de una hora. Feliz porque había encontrado novelas de Hugo y Daudet, le pregunté al cajero dónde estaban las novelas egipcias. García Márquez se volteó de pronto y me miró fijamente, sin disimulo.

-¿Autor? -preguntó el cajero.

-¿Tienes la novela ‘El espejismo’, de Mahfuz? -contesté.

Al escucharme por segunda vez, García Márquez, con cuatro novelas de caballerías en las manos, vino hacia mí y me preguntó:

-¿Tu acento es puertorriqueño?

-Sí.

-Ah, qué suerte. ¿Tienes unos minutos?

-Claro -contesté.

-Tu país me apabulla -dijo García Márquez irritado, en voz baja-. ¿Sabes quién soy?

-Por supuesto, ‘Cien años de soledad’ me gustó bastante.

-Gracias -dijo-, pero ése es el problema. Quiero asombrar a los lectores, dejarlos con la boca abierta. ¿Entiendes? He tenido cierto éxito. Los críticos le han puesto nombre a lo que hago: realismo mágico. Pero ustedes me dejan pequeño. Mis libros nunca se venderán en Puerto Rico.

-Se venden bien... -intenté aclarar.

-No, no podrán venderse bien -me interrumpió- porque nada sorprende a un puertorriqueño. Hace unos meses leí una historia de tu país. Decía que en el 1898 ustedes recibieron a los gringos con aplausos y limonadas. Es obvio que los historiadores de Puerto Rico inventaron el realismo mágico mucho antes que yo. Me han invitado a dar conferencias en San Juan, pero ¿cómo puedo asombrar a un público boricua?

-Tal vez puedo ayudarte.

-¿Cómo? Los historiadores se han inventado una mentira insuperable. ¿Qué país recibe con limonadas a un invasor?

-Ahora mismo no se me ocurre nada, pero déjame pensar -dije.

Intercambiamos direcciones y números de teléfonos, nos dimos la mano y nos despedimos. Ese día comenzó una larga amistad.

*****

Cuatro años después, en el 1983, publiqué mi cuento ‘Seva’. Se lo envié a García Márquez con una nota: “Aclarada científicamente la mentira de los historiadores. Ya los puertorriqueños no se creen el cuento de que recibimos a los invasores con limonadas. Puedes venir a dar conferencias”.

García Márquez me llamó por teléfono unos días después. Con voz ansiosa, me dijo que le urgía hablarme en persona. Dos semanas más tarde nos reunimos en Madrid, en la Casa del Libro, frente al anaquel de novelas bizantinas. Nos fuimos a un café de la Gran Vía:

-Gracias, Luis, tu libro me ayudó mucho -dijo García Márquez, nervioso-. Pero he hablado con unos puertorriqueños en Barcelona. Me han contado sobre una alcaldesa de San Juan que compró varios aviones llenos de nieve en Estados Unidos. Luego la tiró sobre los niñitos que esperaban en un parque de San Juan. Lloraron mucho porque el calor derritió la nieve mientras descendía y recibieron un descomunal baño de agua. El parque se convirtió en un lodazal. ¿Es posible esta locura en un país tropical?

-Ocurrió -admití avergonzado.

-Entonces ¿cómo quieres que visite Puerto Rico? El año pasado me dieron el Premio Nobel, ¿lo sabías?

-Por supuesto. Salió en todos los periódicos.

-Ahora esperan más de mí, ¿comprendes? Te agradezco que hayas escrito ese libro para ayudarme, pero ¿cómo puedo superar a esa alcaldesa? En el resto del mundo mis libros asombran, pero en Puerto Rico se burlarían de mí.

Guardé silencio porque García Márquez estaba muy alterado. Le compré un chocolate con churros y cambié el tema. Dos horas después, nos despedimos.

*****

La última vez que me reuní con García Márquez fue en el 2005. Desde México envió su avión privado para recogerme en San Juan. Al otro día tomábamos tequila en un restaurante mexicano.

-Luis -me dijo-, no te escribiré ni te llamaré más. No tendré nada que ver con Puerto Rico. Quise decírtelo en persona.

-¿Por qué? -exclamé adolorido.

-Me siguen llegando invitaciones de tu país. Cada una es una puñalada. Dime la verdad, sin eufemismos: ¿es cierto lo de un tal Rosselló?

-¿A qué te refieres? -pregunté abrumado.

-¿Es cierto que fue gobernador durante ocho años y que transformó el gobierno en una máquina de robar? ¿Es verdad que la mitad de su gabinete está preso, al igual que decenas de ayudantes, amigos y funcionarios de todas las categorías? ¿Es cierto que todos robaban?

-Es cierto -dije en voz muy baja.

-Entonces ¿cómo es que lo postularon nuevamente para gobernador y sólo perdió por dos mil votos? -exclamó alterado.

-No sé qué decirte -bajé la cabeza.

-¡Puerto Rico me desespera, Luis! Me deja impotente. En mi novela ‘El otoño del patriarca’ pensé que había descrito a un dictador excéntrico, narcisista, loco e insuperable... pero este señor me deja pequeñito, me ridiculiza frente a tu país. ¿Es cierto que se ha proclamado El Mesías?

-Es cierto, Gabo, pero en Puerto Rico tenemos varios mesías.

-¿Varios? ¿Varios?

Irritado, con los ojos enrojecidos, García Márquez se puso de pie y golpeó la mesa con el puño.

-Basta! -exclamó-. Te aprecio, Luis, has sido un buen amigo, pero ya no tendré nada que ver con Puerto Rico. Ustedes humillan mi literatura. Desde hoy en adelante tu patria no existe para mí.

El gran escritor se fue sin darme la mano. Nunca volvió a llamarme por teléfono ni a escribirme.

Hoy recuerdo nuestras largas conversaciones sobre literatura francesa y novelas de caballerías con nostalgia dolorosa. A veces tengo la esperanza de que mi famoso ex amigo recapacite y vuelva a llamarme por teléfono o a enviarme su avión privado para reunirnos en Madrid, París, Bogotá o México, como en los buenos tiempos. Pero cada vez que abro un periódico de mi país reconozco la dura realidad de que mi amistad con Gabriel García Márquez nació condenada.